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miércoles, 30 de julio de 2008


tengo un amigo que dice que recuerda claramente el día que nació. yo recuerdo claramente todos los días en que he muerto. los nacimientos posteriores a cada muerte no los recuerdo mucho. es que no me interesa recordarlos, eso es.

la muerte es maravillosa y espléndida. no el nacimiento. es ridículo pensar que qué bella es la vida. bella una línea de cocaína en una mesa y una linda chica inhalándola hasta que sus ojos se volteen y giren como los bichitos de las máquinas de juegos en los casinos. bello un amigo que muere en nuestros brazos, por nuestra mano. bello eso, ver toda la sangre, todo su interior brotar, esparcirse por el suelo y pintar una acera de rojo.

yo sí recuerdo cada vez que he muerto. la muerte es lo mío, no la vida. como aquélla vez con el portaretrato de ella, Isa. o como esa vez en el hospital, sudando licor y vapores narcóticos.

yo, de la vida, no quiero sino su tramo último.

domingo, 1 de junio de 2008

¿Cuánto cuesta un alma?

El gran Ciorán dice
"Dios, como no tiene nada que guardar en su casa, de aburrimiento y enojo, deja yermos los jardines del hombre.
No, no; no es la visión de los astros lo que me deslumbrará. Bastante luz he perdido mendigando a las alturas. Harto de toda laya de cielos, he dejado mi alma a merced de los ornamentos del mundo."

y yo, que no soy grande, pero sí vencido, digo
amén




Un beso que dibujaba en la ventana empañada de un autobús, al pasar frente al departamento en el que una vez vivió horas felices. Falsas felicidades en horas reales, o viceversa. Una lágrima que derrama aquélla niña que llora en silencio. La miro, la miro... Ella me mira. Ella llora por mí. Yo no tengo lágrimas con qué llorar mis dolores. Me agoté hace tiempo, y en mi huerto ya no crecen sino frutos espinosos y desabridos. Ella llora por mí, lo sé. Sin embargo no me causa nada, ni ternura, ni agradecimiento, ni paz, ni dolor. Estoy dormido. Cuando duele tanto que ya no sientes nada, así. Así vivo. Así vivimos muchos, dormidos de dolor.

No me lamento, por favor, no me malinterprete, doctor, nada más falso que eso. Yo hace tiempo que no toco a una mujer; hace tiempo que sólo me masturbo. Note, por favor, el acento en la primera O de sólo. No redundo, ¿ve?. Las lamentaciones son para los ilusos, los otros, nosotros, los hincados sobre el barro y la inmundicia, no lamentamos nada, tampoco extrañamos. Vivimos con este dolor a cuestas, sin pensar en más nada que el día en que acabe el viaje. Vivimos adormecidos, viéndolo tantas cosas. Tantas... Es infierno, se lo digo, está acá, y el paraíso, ese no existe. Dios es un personaje que inventó el Diablo, para jodernos más. Siempre él con su humor negro jejejeje...

Doctor... ¿Usted cree que Emilio, ya sabe, Ciorán, se comiera las uñas? Yo lo hago, ¿ve? Y de pronto pensé que esa niña que lloraba por mí, también... Ya sabe, los desdichados y sus cosas...

miércoles, 21 de mayo de 2008

metalengua


Una llaguita y un escozor. Unas gotas resecas de sangre. Blood. El inglés manifiesta mejor ciertas miserias humanas. Parece un idioma de dolor, lleno de dolor. Hecho, eso es, para el dolor. Painfull. Hay algunas quejas que se expresan mejor en inglés. Así como hay cosas de gente bien, que parecieran hechas para el francés. O maldiciones que parecieran pensadas para el romaní. Ta chi tua. Fuerza. Fuerza dramática, se dirá.

Un escozor, decía, y la sangre seca. Una costra. Una maldición y unas montañas lejanas. Un sur por norte y un norte que se oxida día a día. Una excusa para amar, un idioma. Por cierto, nada mejor que el idioma natural, el animal, para el amor. Al menos el amor físico. Para odiar, no sé, nada mejor que un cierto lenguaje primigenio, olvidado a priori, pero que se recuerda. Es un morderse los labios, un entre dientes. Un El coñísimo e' tu madre, maldito. Así, el español también pareciera un idioma apto, por así decirlo, para el odio. Para odiar.

La concha de la costra se me queda en la mano. Tanto da la uña en la herida hasta que la abre de nuevo. Así se vive mejor, con la herida siempreviva, aunque hayan procesos químicos naturales que siempre pretendan sanarlo a uno. El lenguaje del cuerpo es así, arbitrario, enferma cuando quiere y no cuando uno espera una excusa para no asistir al trabajo. Se recupera cuando puede y no cuando uno ordena. A veces, de hecho, se despierta cuando uno lo que quiere es el sueño, lo prefiere. Otras veces se mueve cuando se anhela la quietud, el estancamiento. Ley de vida, dirán los New Age. Maldita Babilonia, digo yo, que nos separó a todos, hasta al cuerpo del alma.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Broke up...


Volviendo al comienzo me dejé las agujetas sueltas y seguí andando de ese modo. La vista tenía un color oscuro sobre ella. Lentes de sol, seguramente. No puedes tocar. Ah, no? No. Okey, pero puedo maldecir, al menos, verdad? Sí, puedes maldecir y puedes escupir y puedes, y te aseguro lo harás, sucumbir. Este señor con sus colmillos y sus amarras y sus tirones de cabello y sus embestidas animales, que vaina. Así lo viola a uno el diablo, el demonio, belzebú. Es hasta bonito este último nombre, verdad? Mira... sí, lo es. Belzebú. Suena a diminutivo cariñoso. A espuela de gallo, a cachetada en el sexo, suena a mordisco de labio, a puñalada de amante, no sé, me hace evocar cosas hermosas: la mirada de un viejo moribundo, una mujer embarazada y sin marido, un esposo cornudo, un lisiado que pide limosna, esas pequeñas cosas, esos pequeños seres que hacen que la vida de uno tenga sentido, que sirven para medir que uno no está tan jodido, que podría ser peor, que podría uno ser más bajo, más vil. Claro, también eso da envidia. Envidia, por supuesto. Así sí, así me siento mejor, más humano, más roedor. Envidia, celos, ponzoña clavada, golpe anticipado, mierda, en fin, esas cosas que te hacen menos santo, gracias a Belzebú, el hermoso y tierno.

Me dejas? Sí, te dejo sola. Pero podemos hablar? No, no podemos. Sí me llamas, si me buscas que sea sólo por placer, por favor, no quiero esas lamentables y eternas quejas de enamoraditos empalagosos. Pero... Bueno, yo te lo digo así de claro, es preferible, cierto? Sí, supongo. Y supones bien, niña, siempre es mejor maldecir de frente que bendecir con sorna y entre dientes. Y siempre es mejor amar. Pero por Dios, qué demonios dices!!! Amar, eso es verbo de analfabetas, es disfunción de las almas, andrajoso quehacer de tristes soñadores. Que me libre de semejante error el todopoderoso Héctor Lavoe, allá en su cielo de pepas y putas y música de la buena. Hay errores, digo yo, que al fin y al cabo no soy nadie, siendo alguien, que se cometen con gusto, y hay voces en el alma, si es que se tiene una, que te dice que te mueras, y tu vas y te mueres. El sinsentido de la vida. La levedad vacía y absurda y estúpida de los seres humanos.

Entonces, te vas? Sí. Bueno, que tengas una vida... no sé, como sea, como la eligas vivir. Y allá en ese lugar, habrá sábanas costosas? Quizá, lo seguro es que tendré un lindo ataud para mi solito, y una lápida con algún texto horrible que no podré elegir yo y que sea el que me acompañe por los siglos de los siglos. Tal vez pueda escribir algo para mí mismo antes de darme el tiro. Sí, tal vez...

domingo, 2 de marzo de 2008

Febrero...

Cuánta sangre, cuánto vómito y cuántas agujas clavadas en las pestañas. Cosas nimias, absurdas y, acaso ridículas, no serían de nuevo las mismas. Así le cambia la dimensión y la perspectiva a un corazón cuando éste se torna laberinto.

Exactamente a las once y once vio el reloj y la reordó a ella. No a ella, sino a ella. ¿Me explico, doc? Sí, se explica. Más nunca torito, ya no más bendiciones a la hora de dormir ni "esa" manera de acostarse que tanto amaba. Ama. Cuántos insultos y puñaladas revoloteando, buscando algún hígado, algún pulmón o una lengua podrida de las mismas palabras que nunca fueron las mismas. Tanto monóxido. Tanta tripa suelta, desparramada en el pavimento. Tanto orgasmo del cielo que quedará como prenda de gitano, colgado a algún madero de los recuerdos, alguna carreta que trató detenerse y no pudo.

Cuanta miseria humana y cuánto, Lucifer mío, sentimiento echado por la borda. LAs once y once, hora plaíndromo, hora perfecta que trae su voz preguntando ¿Ya hoy es diecinueve?. No, no lo es. Nunca lo será, todo lo indica así. Al calendario le recortó ese día. Hay fuego en el ventitrés. Habitáculo desdichado que vio la separación de sus padres y ahora la suya propia. Mirada lánguida de hada, agujero, Viceversa y dama caballero celta, con el cinto...

Nada, nada le queda entre las manos sino ese hueco que se sostiene sobre el pecho.

viernes, 29 de febrero de 2008

Once



La última gota de sangre sobre la pared tenía forma de lágrima.

¿Lloraba, acaso, por el orgasmo obtenido a la fuerza?

En todo caso, la sangre esparcida en la pared muy blanca daba la impresión de un abuso moral, de una caricia demoníaca dada con rabia, con amor y, tal vez, con saña. De cualquier modo, el día estaba por llegar, la ropa tirada por la habitación debía volver a los cuerpos y el horario de oficina seguir su curso normal. El orgasmo, el placer del cuerpo quedaría, pues, como una anecdota que pronto se olvidaría. ¿O no?

jueves, 14 de febrero de 2008

Sin un ápice de disfraz, cero carnavales

Luego de hacer el amor, tendidos los cuerpos, sudado el sentimiento, le preguntó cosas propias del momento. Ella le respondió. Él se preguntó en su mente, mirándola, ¿Será que lo que me dices es en verdad transcripción literal de tus pensamientos? ¿Será que me ocultas cosas, suprimes, censuras pensamientos que sabrás me harán daño? Toda mujer en el fondo, aun luego del acto amatorio, es una madre, siempre protegiendo, siempre velando, siempre cuidando del amor del niño que yace junto a ella.

Toda relación sentimental o sexual es en verdad una transliteración, una puesta en escena, una Edípica Electra realización del pensamiento Freudiano. Siempre vejando, siempre mintiendo, además. Siempre omitiendo los detalles escabrosos. Las mentes, los corazones y por último las bocas de quienes aman son, la verdad sea dicha, censores ministeriales, la hidra del cuento, el arriesgado transgresor que se omite a sí mismo en aras del bien común. La mentira y la putería, el pecado mismo obra de ese modo, con maléfica benevolencia, se dijo.

martes, 5 de febrero de 2008

Más de lo mismo

Llegando al callejón, una vez dejada las huellas en el vidrio del carro, habiendo intentado abrirlo sin la llave, se dijo para sí, que mierda.

En el portaretrato de la sala estaba aún la foto sepia de la mujer aquélla. Él se sentó en el sillón frente a la mesa donde estaba la imagen pérfida del amor de juventud. Encendió un cigarrillo, le dio varias chupadas antes de decirse, que mierda.

En el mercado, frente a su puesto de mercancía inútil, estaba una mujer morena hermosísima, con su marido. El hombre parecía un patán, no, peor, un pelele. Un patiquín, un mangas meadas, como decía mi padre. Un desgraciado que tenía a ese hembrón para sí, y no era Pretérito, era otro, por eso era un gusano, un roedor, una cucaracha sin gracia. En su puesto vendían comida rápida, es decir, comida hecha ya. Pretérito, luego de meses de mirar y mirar a la mujer y su marido, de pronto sintió que conocía a ese tipejo sin alma de antes. Luego de meses sentía una familiridad que le resultaba repugnante. Sólo pensó, coño, que mierda.

Se sentó en el inodoro, al rato se levantó y pensó, Coño, qué mierda!

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Sin malicia

«Un hombre sin papel para limpiarse el culo tiene el alma muerta. Es un esclavo de las circunstancias.» Pido perdón a mi hermano por citarlo, pero me vino como billete a puta.

Tanto andar y desandar sin aferrarse nunca a nada, como un Amoroso, que busca, no encuentra. Tanta rabia y tanta cicatriz escupida y tantas violaciones no perdonadas. Como diría Amaya, tanta escoria junta. La precariedad de algunas almas que se creen superiores nunca fue un tema teológico, ni de estado. Más bien es un asunto de gusanos, de seres que se arrastran, que se sumergen en orín y mierda. Seres, como dice mi hermano, que no tienen para limpiarse el culo.

Era de noche cuando Pretérito habló con su amigo la última vez. Eran las doce. Llovía, no, no llovía, que absurdo que siempre llueva. Pues no, eran las doce de la noche y hacía un sol fabuloso, e increíble. A él le salieron unas alitas ridículas sobre la espalda y se echó a volar mientras un autobús le escupía monóxido en el rostro. Entonces era unos años antes, y estaba en una fiesta de carnaval y atravesaba la garganta de una mujer disfrazada de hada. Luego, de súbito, ésta mujer resultó un escandinavo enorme de pene muy pequeño, que le golpeó mientras intentaba blandirle con su diminuta hombría. Aleteó de nuevo y huyó.

Él era muchas personas. Aunque la gente poco o nada entendiera de esas cosas, había un amigo que sí le comprendía, nacido bajo la misma casilla de soñador irredimible y de pecador confeso, éste joven de sangre española sí le entendía y le amaba. Era como si Satán se hubiese olvidado de corroerle los huesos y por un momento la luz se viritiera entera sobre él. Pretérito aterrizaba entonces en una cama con plumas y varias mujeres desnudas que intentarlo hacerle una felación que prometía tamaños descomunales. Él alzó vuelo a ras de suelo y llegó de nuevo a esa calle, con una neblina increíble tomando en cuenta que eran ya las tres de la madrugada de dos más tarde y seguía haciendo aquel sol inverosímil.

Fue allí que decidió no hacer caso del duende que gritaba glotalmente sangre y lodo. Era como una rémora sin tiburón. Como un númen maltrecho por tantas huidas. Él la bendijo en su lengua y se marchó. Una psique y un blanco tatuaje que partía hacía el nunca de nuevo. En eso, en eso momento de ternura budista, se acercó el viejo harapiento y le miró con su ojo de vidrio y Pretérito, viendo los escosores de su piel, le estampó un puño en el ojo. Allí le dejó tendido y siguió volando. Era un demonio en busca de cielos.

lunes, 24 de diciembre de 2007

Sexatez

La tiró del cabello, le mordió la nuca, le amarró las muñecas detrás de la espalda y metió sus dedos por entre sus nalgas húmedas, luego de acariciarla y tirarla cada vez más del cabello negro, la penetró mientras insertaba uno de sus dedos en su ano. Así la agitó una y otra vez, embistiéndola con ferocidad de animal hambriento. Luego, al momento en que ella gritaba con más fuerza, mientras una catarata hirviente se vertía sobre su falo, él la desenfundó, como una escena medieval, y luego derramó su líquido como una sangre blanca sobre su espalda sudada. Unos mechones de cabello le quedaron entre los dedos al último y más desesperado grito de su garganta. Él se acercó jadeante a su cuello, a su nuca y así, lentamente como un predador acercó su boca hasta el vértice de su mandíbula y su oreja. Ella tembló. Pretérito le susurró apenas, como si muriese en aquél momento, te amo.

Todo parecía la más bizantina postal, algo así como una fotografía en sepia, en blanco y negro, una escena rococó de la más mórbida insensata felicidad. El amor que más corroe, un plebiscito de los cielos o del infierno, nunca se sabe, para el amor.

Ellos tenían el mundo por delante y sin embargo Pretérito sólo pensaba, luego de aquel buen sádico amor, en la sangre de ella y en la de su amigo, corriéndole entre los dedos. Estaba enfermo.

sábado, 8 de diciembre de 2007

De Dios y el infierno

Nunca tuvo la suerte de que le sucediera como aquel hombre del metro.

De joven siempre veía a las personas y contaba cuantas veces hablaban de sí mismas. De adulto, de adulto solía pensar muchas cosas, cosas sordidas, cosas banales, cosas importantes, morbosas, malignas, pecadoras, hermosas, podridas, olorosas, encadenadas, muertas, libres, con flores, con altar, con mochilas, cosas jocosas, risibles y escatológicas, cosas, en fin, de todo tipo. El diablo parecía habitar en él.

Beirut era pues, una promesa prometedora, que prometía no escurrise por entre sus dedos, sin secarse antes de llegar a su boca. Era un horizonte, un mañana, una caricia, una puñalada, una vejación deseada, una humillación publica que se anhelaba, una penetración amorosa, con todo el amor que cabe en el ojo de una aguja sodomita, toda la ternura de una bofetada violadora. Era, Beirut, todo lo que había soñado a su lado. Junto o debajo o sobre ella. No importaba mucho.

sábado, 6 de octubre de 2007

Del destino que no fue


Por qué los adivinos, sean adivinos normales, si es que los hay, sean gitanos o sea gente con esos "poderes" siempre tienen que estar poniéndole enemigos a la gente, y vidas pasadas tan irreales. Cómo era posible que Pretérito, un sujeto más bien sin predicado, es decir, una persona que vivía sin guiones, sin saltos de página, siempre de corrido, por qué a un tipo con él iban a pasarle aquellas cosas increíbles.

La adivina le advirtió que también había estado cerca a los doce discípulos. Él, él cerca de Jesús. No podía haber patraña más grande que esa, él que creía que el judío ese no era sino un impostor, un falso profeta, él que detestaba con su alma a toda la institución católica. Un lejano recuerdo del colegio San Javier y uno de los jesuitas que le dio clases le vino a la memoria.

Cómo era posible que esa mujer le dijera que él había sino asesinado en la hoguera, siendo mujer, por la inquisición. Cómo podía ella, con un juego de cartas españolas, ver semejante barbaridad. En este punto, Pretérito, hubo de pararse e irse molesto. Al llegar a casa batió la puerta tras suyo y se echó en el sofá. Él, su karma, cómo demonios tenía arreglo una vida signada por el desastre y la mentira. Además, para colmo de males, esta mujer diciéndole que él casi que fue un santo, esa era la parte que más le molestaba. No le incomodaba la idea de haber sido prostituta ni chicharra de marihuana, tampoco lo de la hoguera, si al caso vamos, menos aún que le haya inventado una esposa celosa que casi lo mata en Escandinavia.

Lo que a él le molestaba, viendo a media luz el retrato de niñez junto a su amigo, era que la gitana mentirosa le dijera aquellas terribles palabras que apenas podía repetirse para sí y que no podemos conocer aún.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Réquiem para una madrugada inconclusa


Hay dolores duelen más que otros. Hay días, noches, madrugadas en las que uno no puede dormir. A veces uno no duerme pensando y otras veces uno se piensa durmiendo. La noche de anoche fue una de esas veces extrañas en la vida de un ser humano, en las que no puedes dormir por estar pensando, por estar llorando de dolor, y por el dolor propio de la enfermedad. Eso, claro, lo despierta a uno de mal genio, con ganas de suicidar al mundo. Pretérito siguió peleando, discutiendo, llorando, ahogándose en su propia inmundicia.

Claro, hay veces que tanto dolor no nos duele, las endorfinas, ya se sabe, hacen lo suyo. Pero ¿Acaso hay endorfinas sentimentales? Me explico, cuando lo que duele no es el cuerpo sino el alma, el corazón, como suele decirse, ¿El cerebro libera endorfinas también para aliviar ese dolor intangible? Digo, a veces no hace sino dolerle a uno la vida. Tal vez por eso haya tanta gente escéptica hoy día. Tal vez por eso haya quien elija vivir desde la talanquera, desde la barda. Nuestro protagonista estaba en la madrugada pensando estas cosas, llorando, sintiendo, mientras pensaba tratando de dormir. Resultó, al cabo de un rato, que se quedó dormido pensando. O, acaso, pensó que dormía, como a veces uno piensa que vive o como hay gentes que viven dormidas o soñando o que sueñan con vivir. En ese sueño, esa vigilia o ese recoveco extraño del pensamiento, recordó que debía relajar el cuerpo al montarse en la montaña rusa.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Sobre el soñar y otras luces cambiantes


¿Cómo se sueña por partes? Escuchó unos días atrás a dos hombrecillos extraños que hablaban en el asiento de atrás al suyo, en el autobús, sobre algo así como que el uno le comentaba al otro que había soñado por partes. Esto dio cabida, como siempre, a nuevas divagaciones y locuras de nuestro amigo Pretérito. Pensó que, tal vez, significaba que un brazo había soñado... con otro brazo, tal vez. O que su pene soñaba con sumergirse en una piscina de coños de todos los tipos, tamaños, colores, aromas y sabores. O que sus ojos soñaban con ser mirados por otros ojos, grandes, café, tal vez, tal vez tornasol, y que se enamoraban de aquellos ojos. O se imaginaba a su hígado soñando con un enorme barril de whisky, o de cerveza, o de licor, no importaba cuál. Pretérito se imaginaba a sí mismo soñando con su cuan plus perfecto o con su imperfecto. Se imaginaba cómo sería el sueño de su barriga ¿Soñaría ella con comida? Su boca, ¿Soñaría con comida también? ¿Con otra boca? ¿Con un coño dulce y jugoso? ¿Con qué podría una boca tan desgraciada como la suya soñar? ¿Tendría sueños? ¿Eso era soñar por partes? o era, por el contrario, soñar una cosa, por ejemplo, con los labios recalcitrantes de alguna mujer que le dijera groserías y que le escupiera mientras él la tomaba despiadadamente; que, partiendo de eso labios de esa mujer él se acordara de todas las mujeres con las que había estado sexualmente, es decir, con las que había copulado, tirado, tenido sexo, o cualquier otra denominación similar. Luego, días más tarde, en la siesta, él retomaba ese sueño y se sorprendía que mientras tomaba a esas mujeres, al mismo tiempo a todas, sexualmente, y le besaba los senos, de pronto, esos pezones variopintos se volvían los de su propia madre, cosa que lo hiciera despertarse agitado a media tarde. Y días después, en la madrugada y bajo los efectos de la marihuana, soñaría con esa misma mujer que lo dio a luz y que lo hacía verla masturbarse. Entonces él volvía de nuevo a copular con todas esas mujeres y ese sueño se tornaba, una vez más, una obsesión. ¿Era eso? ¿Eso era soñar por partes? Pretérito imaginaba todo esto y se preguntaba estas cosas mientras esperaba que la luz cambiase a rojo en el semáforo, para poder atravesar la calle.

lunes, 13 de agosto de 2007

Freud y Jung


Un cigarrillo tras otro, colillas amontonadas en el cenicero. Una cruz caída. La corneta de carro en la calle. Las cuatro de la mañana. El sueño terrible de una caída. Se despierta y no puede fijar la vista en un solo lugar. La vista le da vueltas al compás de aquella corneta fúnebre. El corazón agitado. Se siente caer. Los cigarrillos y su humo son la única cosa que tiene fija en la mente. Siente miedo, está perdido en sí mismo. El humo dibuja una silueta a su lado. ¿Lo oíste? Ese hijo de puta, no joda. El coñísimo de su madre, coño. ¿Qué fue? No se, un carro, me imagino, Pero no era una corneta normal. Coño, mal parido de mierda. Que bolas, por allá se oye. Un borracho, seguro. No podía ver. Tengo el corazón a mil. Me duele la cabeza. Estoy aturdido. Bueno, ya, cálmate. Verga que bolas, pana. Prende la lámpara. Los dos sentados en la cama, tratando de tomar aire. Él que la ve, ya no es de humo, tenía esa sensación; ahora es ella, normal, humana, pues. Piensa en levantarse, ir al baño, encender un cigarro, es lo único que tiene claro. Teme caerse al poner el primer pie en el piso. Todo le parece un sueño, es un sueño.

Se mira al espejo y ve serpientes en lugar de hebras de cabello. Acerca su rostro a la imagen y ve en sus ojos a un hombrecito. El hombrecito es su padre. Está fustigándose a placer en un cuarto. Entra una mujer mayor que le dice unas palabras inasibles, no las entiende. Él, su padre, acaba. La vida es tan elemental. Es una división sencilla, una regla de tres simple, una suma, una resta. Un residuo de la vida de alguien más. Sí, es una división con residuo, una división que nunca o casi nunca dará exacta. Se echa agua y se refriega los ojos. Se vuelve a ver. De nuevo el cabello es cabello y no serpientes, sin embargo ahí sigue el hombrecillo, ahora está penetrando a una mujer por el ano. Él se acerca más al espejo, quiere ver bien. La escena trascurre en un tren. El bamboleo de la marcha no interrumpe el ritmo frenético del coito contra natura. Hay unas voces en el vagón contiguo, y unos hombres que también observan, son ellos quienes hablan. El hombrecillo no les presta atención, la mujer tampoco, ella grita y gime, el hombrecillo saca y mete su pene descomunal con rabia, casi. Ahora se asoman unas mujeres también. Todos miran, hablan casi entre dientes entre ellos pero no dejan de mirar. Él, pretérito, sigue observándolo todo a través de sus ojos, en el espejo. Al fin el hombrecillo da un grito y acaba, la mujer grita también. Están empapados en sudor y él saca su miembro que gotea un mezclote extraño de semen, sangre y mierda. Los observadores no se retiran, casi parecen excitados, no dejan de hablar y de mirar. El hombrecillo da una bofetada a la mujer y luego le da un beso. Comienzan a charlar y los mirones se retiran de dos en dos. Eran demasiados, es incomprensible cómo eran tantos cuando la ventana era más bien pequeña, pero todos observaron sin estorbarse. De nuevo pretérito se echa agua en el rostro, ahora varias veces, está cansado. Siente ganas de orinar y se acerca a la letrina. Se horroriza con lo que ve cuando toma su pene entre las manos, siente ese olor.

Decide apagar la luz y la mujer a su lado se vuelve de humo nuevamente. Aún siente miedo, aún oye la corneta del maldito carro que lo despertó para meterlo en ese sueño extraño donde no hacía sino caer dentro de sí mismo. Un hombre no cae sino es dentro de sí. No existen otras caídas. Ahora, como es debido, volverá a caer en el sueño profundo hasta las nueve de la mañana.

jueves, 2 de agosto de 2007

Causas y azares



Afuera hacía un sol como en meses no había visto la ciudad. Un sol dominical, diría el abuelo. T se asomó a la ventana de la habitación como pudo. Apretó los ojos por la incandescencia. Mes y medio en el hospital, sedantes, analgésicos y demás medicinas y operaciones le habían dado una pesadez extraña en el cuerpo. Aún le dolía el abdomen. Las puñaladas recibidas le hirieron más que el cuerpo, le hirieron el orgullo. Por eso, meses después, ya totalmente restablecido de salud, fue a visitar a M, la vecina fea de Pretérito, que le saciaba la sed de piel ocasionalmente. Por eso se la tiró en la sala, con las cortinas abiertas para que quien quisiera ver, viera. Especialmente nuestro protagonista, claro. Lo que no sabía T era que Pretérito estaba embebido en una marejada de pensamientos y disertaciones acerca de si debía o no irse a Beirut con la joven del perfil y el cuello de estatua helénica.

Sostenía en su mano una foto de Isabella, que era su nombre, y la tomaba como quien tiene entre las manos un relicario sagrado, un objeto cuyo valor es tremendamente superior a lo estimado por el más experto conocedor de reliquias. Lo sostenía y admiraba la perfección de los trazos, las líneas, las sombras y la luz que daban a ese rostro la altivez y la inocencia de una virgen atea. Se preguntaba si sería cierto que la vida daría las vueltas necesarias para juntarlos una vez al menos. Y temía que sólo los juntara una vez y no más. Temía ser tomado de la mano, ser bebido por esos labios que ahora veía como de mármol, tan vivos y tan fríos, tan distantes, lejanos, imposibles, y que sin embargo se le aparecían en sueños, en recuerdos, en divagaciones y alucinaciones, como una droga potente que toma su mente y se adueña de sus sentidos, alterándole la realidad. La realidad era que T, en ese preciso momento, estaba tirándose a su amiga, la única posesión carnal que tenía por esos días. Era una puñalada que no sabía, no tenía conciencia para más nada fuera de aquélla foto y las cartas de Isabella, que estaba recibiendo.

El sol de aquella mañana, meses antes, le alegró el día a Pretérito, acababa de salir de la oficina postal, de recibir un sobre remitido desde Beirut. Estaba pletórico de emoción, ella, Isabella, le había enviado una foto con una dedicatoria. «Te envío este rostro que es mío y es tuyo, esperando lo guardes en ese lugar escondido que eres. Con Amor, I» La foto que sostendría en sus manos la tarde en que sonaba el teléfono mientras T fornicaba con M, debajo de sus narices. Pretérito no podía si quiera prever, al momento de recibir el sobre, que bajo ese mismo sol ardiente T planeaba paso a paso su venganza, la manera de ultrajar su vida, no podía saber que en T hervían las tripas que le quedaban con el ansia de las puñaladas por dar.

lunes, 23 de julio de 2007

Una carta para la guerra


Escuchaba canciones viejas, de cuando era "joven", y se le ponía la piel del alma de gallina, como dice J. Recordó aquél viaje al Mediterráneo, y el amor de esa joven morena. Allá lo dejó, en el Líbano, entre los dátiles y los mercaderes. La recordaba alta, muy hermosa, con unos labios que decían menos de lo que él hubiera querido saber, pero con unos ojos claros que la delataban siempre. Eran las cinco y media de la tarde y leyó una carta que le prometía volver alguna vez. Eran luego las siete de la noche y lloró escuchando una Balada de Otoño. Eran antes las diez de la mañana cuando pensó en aquél encuentro frustado. Era mucho antes cuando la conoció y se enamoró de ella en silencio. Fue mucho después cuando se vieron. Ya antes, unos meses, tal vez, le había escrito diciéndole que le esperaba en algún punto de la vida en el que, seguro era, se verían de nuevo y podrían darle vida a su historia de amores y encuentros frustrados. La carta le resultó, en aquél momento y mucho después también, como un oráculo, la elipsis de tiempo que ella dibujaba con sus promesas parecía un juego literario irreal, y a él le asustaba mucho que fuese falso, sólo un artilugio de escritores, pero le atraía, al mismo tiempo, ese miedo, y ella, claro está.



Para cuando dejó de oír esa música que lo remontaba a un tiempo feliz, se sentía más tranquilo, sin embargo la paz le duraría poco. Al cerrar la ventana se percató de que T estaba entrando a la casa de su vecina, esa joven más bien fea que le calmaba las ansias de vez en cuando. Pretérito se debatía entre ir y confrontar a T o hacerse de la vista ciega y acabar de beberse la botella que recién había abierto. Sonó el teléfono y nuestro protagonista lo miró vagamente pensando en Beirut.

domingo, 22 de julio de 2007

El taxi

Iba cayendo, trataba de fijar la vista en cualquier punto pero no podía, las vueltas y la rápidez con que todo sucedía no lo dejaban sino pensar en Berlín, la cena, las compras, la Tía Julia, aquélla mujer de la juventud, la prima lejana de su amigo, las verduras, el rayado de las calles, las tardes de lluvia, las aceras anchas, la grama del estadio, los amigos en el bar, la madre batiendo el pañuelo en el terminal -que rídicula esa imagen-, aquella nota de marihuana fumada a través de una manzana, el sabor de boca después de una borrachera, los aviones a control remoto, los juegos de escondidas en la infancia, el día de su primera comunión y la catequista de la que estaba enamorado en silencio, los perros que son paseados en el parque, la llovizna, el teleférico, los ronquidos de su primo durante aquél viaje en autobus, la ternura del primer amor y las lluvias en el campo del abuelo, las clases de filosofía con el famoso doctor, las leyes, las deudas, la noche en la que pensó besar a aquél muchacho, los amigos que perdió, la vida que duele, el desamor que duele más, y las muelas, que duelen aún más...

Esa mañana había despertado con la extraña sensación de que todo aquéllo no era "solo" un sueño. Se había escapado de casa para irse a la fiesta, tomó un taxi pero antes había visto a una joven muy hermosa que tomaba otro taxi manejado por un señor muy feo con cara de sádico, al doblar la esquina vió que ese taxi llevaba uan puerta trasera abierta, la muchacha no debió verlo, entonces Pretérito supo que la pobre sería violada, más adelante el carro se detendría y se montarían dos hombres que, junto al conductor, harían vivir un infierno de lodo y mierda a la bella inocente que ya no sería la misma nunca más. El taxista que conducía el carro en el que se subió Pretérito era extremadamente gordo, era imposible que siendo tan obeso cupiera frente al volante, sudaba mucho pero no le costaba hablar. Él se subió, dijo la dirección y a los pocos minutos, justo en la curva más peligrosa, esa a la que tanto le temía nuestro protagonista, el gordo se distrajo y le pasó por encima a la barda. El carro rodó cuesta abajo rápidamente, Pretérito se asustó muchísimo pero el chofer estaba tan tranquilo que casi parecía que lo tuviera planeado desde antes, o que ya lo había hecho muchas veces, eso, de desbarrancarse. Sólo dijo, coño... Sin embargo nunca perdió el control, seguía manejando ladera abajo como en la mejor de las autopistas. Pretérito se asustaba más y más y el gordo sólo le decía, tranquilo hombre, respira profundo y no te desesperes, controla esfínteres. ¿Controla esfínteres? ¿pero qué carajos quería decir aquéllo? Al final, el carro volcó, dio siete infinitas vueltas mientras Pretérito sólo pensaba en cosas sin importancia, o con demasiada importancia, tal vez, pero sin coherencia, en situaciones límites, uno no controla la mente, sólo existe en ese momento la animalidad y los instintos más elementales.

viernes, 20 de julio de 2007

El lío

¿Y si por mala suerte al día siguiente T y Pretérito se encuentran?. Eso sería, definitivamente, terrible. Pretérito, por su carácter, no buscaría pelea, pero el otro, Ja, ese sí que era un revoltoso. La tía F le había dicho a un vecino, a propósito de la ida de B, que eso era mejor así, porque sino iban a terminar matándose esos dos. Yo, honestamente, no le encuentro mucho sentido a esto. ¿Qué?. Yo no sé, yo venía andando, distraído en las vitrinas cuando me tropezó y casi caigo al suelo. El señor verdulero me miró así, como suele decirse en los grandes libros, de soslayo y yo no pude evitar reírmele en su cara. Es que, sabes, era una situación absurda. Dos tipos abrazados detrás de unos estantes. ¿Que pensaría Pretérito de ver algo así? En última instancia lo que se puede decir de todo esto, es que T no aparecerá por estos lares, pues está de viaje, o algo así.

La calle solitaria, las tres de la madrugada, el piso humedo por la lluvia de hacía un par de horas, las luces amarillentas de los postes y los semáforos intermitentes, indicando que a esa hora no existen leyes ni normas, como diciendo «pase a su propio riesgo». En la esquina de la Farmacia estaba T, arrodillado y con las dos manos sobre el abdómen, ensangrentadas, sosteniéndose las tripas y mirando una botella de licor rota por la mitad, que estaba junto a él. En ese momento pensaba en... no lo sé, no sé en que pensaba.

lunes, 16 de julio de 2007

Siempre es Sábado cuando se olvida


Cuando se olvida parece que se sucede en uno algo similar a un estallido, similar a una mañana de resaca. Esto es falso, pensaba Pretérito, cuando uno olvida a alguien o alguna experiencia agradable o desagradable, no pasa nada, sólo se muere algún lugar del cerebro. Sólo algún recuerdo se quema entre tantos otros recuerdos que ni siquiera sabíamos que estaban allí guardados, así que... En verdad qué demonios importa olvidar a alguien, o que nos olviden si a fin de cuentas quién es uno para merecerse el recuerdo de alguien.

Los días Sábados son así, no sé, como de relleno, otros dirán que los Domingos SON los de rellenos, que no los Sábados. Pretérito decía que es el Sábado por ser el preludio del Domingo. Por estar primero y no ser tan grande que abarque hasta el Lunes sino que, triste como es, se acabe al día siguiente. En realidad cualquier día es así, simple y pequeño, tanto que dura sólo un día y, de paso, debe esperar una semana para poder vivir nuevamente, con la buena fortuna de ser distinto, la mayoría de las veces, del anterior, y seguro es, casi, que será distinto también del siguiente. Los humanos, en cambio, somos iguales todos, de uno a otro la misma porquería o la misma belleza, según sea el caso. Por eso es tan fácil olvidarse de alguien, que es como olvidarse de un día, por eso siempre es Sábado cuando se olvida, o Lunes, o Jueves.

Fue en ese momento cuando se miró al espejo de la sala, notó que tenía la camisa mal abrochada y se rió consigo mismo. Los Miércoles son tan inútiles, dijo. Se arregló y salió rumbo al Mercado pensando en ella.